¿Saben qué me molesta? Bueno, es evidente que muchas cosas… Pero es la gente que se jura que tiene derecho a hacer lo que le da la gana, cuando le da la gana, donde le dé la gana, no importa qué tan amablemente le pidan lo contrario.
Esta gente necesita que la pongan en su lugar.
Me ofrecí voluntario.
Tenía día libre. Pero “libre” nunca quiere decir “de vagancia”. Me tocó hacer diligencias en el Centro ese día. Implicaba caro, caminar y mucha, mucha gente. De modo que cuando me estaba regresando, bienvenido sea un momento para mí, un instante en que me puedo olvidar de la cuerda de abusadores que hay en la ciudad. En más de una ocasión sentí el dolor de cabeza venir, el que anunciaba la llegada de mi amigo, pero no quería hoy; demasiada gente, demasiadas cosas que hacer, demasiado que arriesgar.
Hasta que llegó… él.
Entré al centro comercial de Chacaíto alrededor de las 2 de la tarde. Día caliente. Me dolían los pies ya. Había almorzado, pero algo dulce hubiera hecho mi día. De modo que el olor a canela de los Cinnarolls fue como maná del Cielo. Llegué ahí y, una vez pedido mi roll, me senté con mi refresco a perderme en su dulce abrazo. Aaaah, qué divino.
Dos mesas más allá, había dos señores. El que parecía mayor ha sido borrado de mi memoria. El más alto de los dos, sin embargo… Le calculé unos cincuenta años. Quizá más. Tenía el pelo entre gris y blanco, peinado como Ringo Starr recién despertado. Llevaba lentes de sol marrones, en un estilo que habría hecho a Renny Ottolina orgulloso. Llevaba una guayabera, de un color que ahora no recuerdo, y pantalones beige. Llegó de segundo, cuando el primero ya estaba ahí. Parecía que estaban hablando de negocios. El tipo hasta amable se veía.
Todo hubiera quedado hasta ahí.
Hasta que Ringo decidió sacar un habano que Fidel Castro habría envidiado.
Yo volteé hacia él, y luego al prominente cartel de “No Fumar” en la pared. ¿Era en serio? ¿O cree que sólo se aplica a cigarrillos acaso?
Síp, ahí venía. El dolor de cabeza. No, me dije. No, hoy no.
Parecía que no iba a hacer falta, por suerte. LA gerente –una muchacha de unos 25 años si mucho– con una gran sonrisa y muy educadamente se acercó a Ringo, justo cuando se disponía a prender dicho habano. “Caballero, buenas tardes, discúlpeme”, dijo. Y el hombre hasta sonrió. Educado como un niño. Sano como un cordero. Me terminé de calmar. Esto va a estar bien. “Pero no está permitido fumar aquí en el local.” Listo. Supongo que el hombre no irá a–
“¿Quién COÑO te has creído tú?” dijo Ringo, de voz en cuello. Yo estaba a dos mesas de él, y lo escuché clarito. Que lo haya escuchado no quiere decir que lo creía, claro. El cambio fue como el viento; el tipo estaba realmente insultado, si lo pueden creer. “Si a mí me da la gana de fumar, ¡yo voy a fumar! ¿Me oíste?”
La pobre muchacha estaba evidentemente tan incrédula como yo. Pero Dios la guarde, ella lo volvió a intentar. Aunque ya no sonreía, claro. “Bueno, caballero, me disculpa, pero estas son las reglas que–”
“¡Me saben a MIERDA tus reglas, muchachita, me oíste!”, bramó.
No tengo que decirles que a este punto mi dolor de cabeza regresó con ansias. Y la voz de mi amigo sonó en mi cabeza, con una cruel picardía que, más que asustarme, me animaba más.
¿Ahora sí quieres?
Oh sí. Ahora sí quiero. Vamos a darle.
En mi defensa, al principio traté de ser razonable, mientras razón me quedaba. “Oiga, señor”, le dije. Ringo se volteó como si jamás hubiera esperado que otro ser humano le hablara. Y coño, seguro que era así. “Ella sólo hace su trabajo. No tiene por qué hablarle así.”
“¡Cállate la boca! ¡Cállate! ¡No te metas en lo que no te importa!”, contestó. Big mistake.
Lo último que recuerdo decirle, a dos centímetros de su cara, fue: “Ahora me importa, hijo de meretriz con sífilis.”
Mal rayo sea los apagones. Necesito saber cómo contrarrestarlos. Si no puedo controlarlo, al menos ser un pasajero con una vista de ventana. Lo próximo que escuché fueron unos aplausos. Lo siguiente que vi fue a Ringo con su espalda volteada hacia mí, echando nerviosas miradas por su hombro en mi dirección. El amigo de Ringo, sorprendentemente, estaba muerto de la risa.
Bajé la mirada a mi mano, y vi un cigarro aplastado. De hecho, el cigarro aplastado. Ay Dios, ¿en dónde se lo apagué? ¿La mano? ¿El pecho? ¿La cara? No, no llegó a prenderlo, ¿verdad? No, sí lo hizo, me acuerdo. Y ahí fue que mi di cuenta que la mano me ardía. De hecho me ardía mucho. Cuando la abrí, en medio del tabaco vi pequeñas ampollitas donde habían estado las cenizas encendidas. Fue sencillo: evidentemente le quité el cigarro y lo apagué en la mano. Y mi cara debe haberlo terminado de asustar. Me estaba doliendo. Mucho.
Le pedí a la aún asustada gerente que me trajera agua oxigenada o alcohol y una gasa. El primer hombre seguía riéndose. Tremendo amigo, veo. Volteé hacia él y le dije: “Su amigo es todo un caballero, ¿verdad?”
“Chcio te diré algo que te va asombrar”, me dijo. ¿Cómo no recuerdo su cara? “Ese donde lo ves es el ser más pacífico que existe. Pero cuando estalla, estalla. ¡Quién lo manda!” Y soltó una nueva carcajada.
Y yo le sonreí. Pero no debe haber sido una sonrisa agradable. Porque dejó de reírse. “Dígale que es mejor que deje de fumar, entonces. Malo para la salud:”
Igual que mi amigo.