Primera víctima. Quién lo manda.

19 05 2008

Todos los días me calo su despotismo.
Todos los días, le deseo la muerte.
A partir de hoy, no más.
Me ha despreciado por última vez.

Bajo mi forma normal, el hombre me lleva casi una cabeza. Tiene un gusto para vestir que es casi tan malo como el mío. Peor en él es peor; el tipo debe llevar en la cartera el costo entero de mi closet. Y le sobra. Entonces, ¿quién se compra cuarenta trajes color crema, la misma camisita de rayas, y una corbata que no pega ni con saliva de camaleón?

Pero no es su estúpida ropa la que me molesta. El hombre podría vestir Armani e igualito lo odiaría. Total, la ropa no hace al hombre. Es su puta actitud. Se jura que con su realero, puede tratar a sus empleados como subordinados. Como si su barba de porra de verdad fuera plata en vez de canas. Como si su tamañito le garantizaba superioridad sobre lso demás. En casi un año en la empresa, me lo he cruzado quince veces: me dio los buenos días una sola. Y porque yo se los di primero. Cabrón.

Y hoy sencillamente rebasó la gota. Y lo logró con calma, como si fuera lo más normal del mundo. Le pasé al lado, no me dio los buenos días, y le dijo al viejo que caminaba con él algo que empezó este extraño viaje mío.

“Piénsalo”, dijo. “Con esta nueva imprenta, no necesitaremos una cuerda de negritos doblando papeles y nos ahorraremos tiempo y salarios.”

Yo me paré en seco. Él no dijo eso… ¿verdad?

Y fue ahí que oí la voz. Suelta la furia. Ella necesita salir.

Ni que fuera yo Hulk, pensé. Pero seguía viendo la nuca del gigantón. Esto no podía seguir así. Alguien tenía que ponerle un para’o.

En ese momento, una enorme paz se apoderó de mí. Al tiempo que la adrenalina me hacía sentir que mi cuerpo se había transformado. Estaba en paz. Estaba en mi elemento.

Estaba contemplando el tobo de la limpieza con una extraña sonrisa en mi cara.

Surrepticiamente, tomé el tobo y me adelanté a interceptar a mi “querido” jefe.

Y después… un confuso torrente de imágenes.

Cuando volví, el tobo estaba en su sitio. Pero sí escuchaba una conmoción.

Cuando llegué, simplemente no me lo creía. El hombre estaba sentado en el piso, una profunda cortada en el labio inferior, una venda en la cabeza, y su orgulloso traje beige cubierto con manchas de sangre. Nadie supo (me contaron después) cómo se había tropezado ni cómo no se mató de la caída.

Pero eso no fue lo importante. Lo importante fue ver al tarado ese con una expresión de total humillación, mientras su acompañante no sabía si reírse o si ayudarlo, o ayudarlo mientras se reía. Yo, en cambio, no tuve ningún problema en decidir. Simplemente me escabullí hacia el baño donde me reí, y me reí, y me reí, hasta que temí por mi sanidad de juicio.

Luego fui a mi puesto, y terminé el trabajo por ese día. Más tarde, alguien me dijo que fue simplemente que el hombre había pisado un charco casi invisible sobre el piso de granito de las escaleras. Si hubiera caído hacia adelante se mataba, pero en realidad quedó boca arriba. Cuando se trató de parar otra vez, ahí sí cayó de frente y se cortó la boca. Enseguida buscaron a la enfermera que lo vendó, aunque no había sido más que un chichoncito (muchacho llorón, no joda).

Analizando con cuidado, por más que trate no recuerdo qué le hice (de que fui yo el causante del “accidente” sí no me queda ninguna duda) al individuo en cuestión. ¿Será que tantos años de frustración de las pequeñas injusticias que veo día a día me borraron la razón? ¿O hay algo vivo dentro de mí, algún alma oscura que busca justicia sin considerar las consecuencias? ¿O será que finalmente me volví loco?

Claro, también puede ser que haya sido un evento aislado…

Sí, debe haber sido un evento aislado.

¿Verdad?


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